ARTÍCULo: Atrapados entre el paro y un retorno no deseado

El País, JAVIER LAFUENTE, 2008-05-07

En todo proyecto migratorio se suelen dar, con cientos de matices, tres fases: salida del país de origen, vinculación con el mismo y retorno, bien periódico o definitivo. La única experiencia que España tiene en esta última fase es la que vivieron los emigrantes que tuvieron que salir del país como consecuencia de la guerra y de la dictadura. Por eso ahora todo el mundo está expectante por ver qué ocurrirá con la población inmigrante, la más afectada por la crisis económica. ¿Se va a producir un retorno en masa de este colectivo? ¿Han saltado las alarmas antes de tiempo? ¿Qué implica para una persona volver a su país de origen?

Marlene, una ecuatoriana de 47 años, es el fiel reflejo de que los procesos migratorios no son una ciencia matemática. Vino a España, como tantos otros, por probar, con las facilidades de entrada que no le daba Estados Unidos, el país donde siempre ha querido vivir. En uno o dos años regresaría a Loja, su ciudad natal, con la maleta a rebosar de experiencias. Con la satisfacción del emprendedor que logra su objetivo. Y así fue. Volvió, para traerse a su hijo de tres años. Ecuador no le daba ninguna garantía entonces. Ya regresaría.

Han pasado 12 años, pero Marlene sigue pensando en retornar. “Yo, como persona, ya no estoy haciendo nada. Siento cómo poco a poco la vida me consume”, dice sentada en un banco de un parque madrileño, con la mirada perdida en un horizonte que no acaba de atisbar. ¿Por qué no se vuelve entonces? “Mi hijo está completamente adaptado a España, quiero que sea mayor de edad – ahora tiene 15 años – y que decida qué le conviene. No quiero arrastrarle conmigo y partirle su vida de repente”.

Hay un factor más que Marlene trata de ocultar, pero que es incapaz de negar cuando se le pregunta por él. ¿Supone un fracaso regresar a tu país? “Implica volver a empezar de cero. Con el tiempo, la sensación de que he perdido unos años de mi vida aumenta; ¿qué puedo hacer yo ahora en Ecuador?”, se pregunta. Acto seguido, suspira y, siempre sin mirar a los ojos, añade: “Pero allá tengo a mi familia, volver a verlos sería un alivio”.

Esa especie de Dr. Jeckyll y Mr. Hyde suele asaltar al migrante cuando se da de bruces con la realidad y comprueba que el regreso idílico que había soñado al acabarse un ciclo no se cumple. La inmigración entiende poco de utopías. De ahí que sea difícil, prácticamente imposible, responder de forma concreta qué implica el regreso para un inmigrante: cada persona es un mundo.

“Lo que no hay que olvidar es que todo aquel que sale de su país, tarde o temprano, salvo excepciones, tiene en mente regresar”, explica María Gutiérrez, una de las responsables del área jurídica de la ONG Rescate, una de las siete organizaciones que gestiona el programa de retorno voluntario de inmigrantes financiado por el Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales – ahora pasará a estarlo por la nueva cartera de Inmigración – , y que desde el año 2003 ha facilitado el regreso a casi 3.700 personas, una cifra que muy pocos se atreven a calificar de exitosa.

“El retorno tiene que verse como una opción. Que suponga un porcentaje pequeño no quiere decir que sea una cantidad a infravalorar”, matiza Carmen Peñalva, jefa de la Oficina en España de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), que ha tramitado en los últimos cuatro años la vuelta a casa de 2.795 personas.

Aquel que quiera participar en este programa deberá superar una serie de requisitos mínimos: no tener recursos económicos para volver por sus medios; haber residido en España al menos seis meses; una valoración de los servicios sociales del Ayuntamiento en el que se resida o de una ONG especializada, y presentar por escrito una declaración de voluntariedad del interesado. A partir de entonces, las organizaciones valorarán cada caso.

Que el retorno de migrantes no es algo nuevo lo atestigua que ambas organizaciones llevan trabajando desde hace muchos años. Venían pidiendo a gritos que la Administración emprendiese programas como éste para ayudar a la gente que no le ha ido bien. Nacieron, pues, como una herramienta más de los servicios sociales. Y están a la espera de una evolución que, según ambas organizaciones, “es necesaria”, puesto que el actual programa es más humanitario que asistencial.

La promesa que lanzó el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, durante el pasado debate de investidura de que facilitaría el retorno voluntario de los inmigrantes, bien concediendo microcréditos o pagándoles el subsidio del paro de golpe y porrazo, ha pillado de sorpresa a las organizaciones, que no tenían ni idea de esta medida. Al menos ha conseguido que todo el mundo esté expectante por comprobar si se trata de una política de Estado, de Gobierno o una mera improvisación.

Uno de los grandes problemas que se encuentra una persona cuando quiere regresar a su país de origen es la cantidad de dinero que ha de desembolsar, y que en algunos casos supone gastarse todo lo ahorrado: billete de avión – si es una familia entera, el precio es desorbitado – , gastos de reinstalación…

“El programa actual pide a gritos que se le añada un acompañamiento final; ahora mismo su enfoque hace que sea residual, hay que vincular el retorno a la idea de que no supone un fracaso, sino una opción más”, recalca Juan Carlos Roiz, presidente de la asociación América España Solidaridad y Cooperación (AESCO). Su organización trabaja con la OIM, tanto de España como con la de Inglaterra. Con esta última ha conseguido acuerdos con cerca de un centenar de empresas en los países de origen: del sector servicios, panaderías, joyerías, etcétera.

Es inevitable relacionar las ayudas prometidas por Zapatero con la crisis económica que se vive a escala mundial. ¿Realmente un mayor número de parados extranjeros propiciará un retorno masivo de inmigrantes? Hasta el momento no hay apenas datos disponibles, aunque los expertos consultados no creen que ambas circunstancias vayan de la mano.

Actualmente hay 504.000 parados extranjeros, 97.000 más que hace tres meses, según los últimos datos de la Encuesta de Población Activa (EPA). “La tendencia es que aumentará el número de inmigrantes sin empleo, especialmente los que trabajan en la construcción y en la agricultura, aunque este último sector fluctúa constantemente”, explica Miguel Pajares, del Grupo de Investigaciones sobre Exclusión y Control Social de la Universidad de Barcelona, que está preparando el informe Inmigración y mercado de trabajo, para el Ministerio de Inmigración.

El propio Pajares puntualiza que ese análisis no tiene que llevar a ninguna conclusión precipitada. “Hay que ver cuántas personas son reciclables en otros sectores distintos de la construcción; no hay que olvidar que los inmigrantes tienen mucha capacidad de movimiento”, una opinión que quedó contrastada hace apenas dos semanas con unos datos publicados por el Ministerio de Trabajo, según los cuales la hostelería había sido capaz de equilibrar el descenso registrado en la afiliación de trabajadores extranjeros a la Seguridad Social en la construcción. En concreto, este último sector perdió 7.170 afiliados, un 1,9% respecto al mes anterior. La Semana Santa propició, sin embargo, que la afiliación total de foráneos fuese de 255.798 personas, 14.546 más que en febrero, lo que supone un 6% de incremento.

Hay que tener en cuenta también que una persona no se vuelve así como así. Muchas familias están tratando de reagruparse actualmente en España, y el regreso no es tan sencillo. “Después de cinco años aquí, he conseguido traerme a mi mujer y a mis tres hijos, que quiero que crezcan conmigo”, afirma Carlos, un colombiano de 43 años, que hasta ahora trabajaba en la construcción. “Ahora sale menos trabajo, pero ya ando buscándome otra cosa, no me voy a quedar quieto”. Su objetivo es que, cuando España remonte el vuelo económico, también se vengan sus dos hermanas. “La vida en Colombia es mucho peor, créame”, asegura.

Del mismo modo que cada persona es un mundo, lo es el país de origen. En la mayoría de casos la situación económica es más cruda que aquí. Eso hace que a muchas personas, cuando se les habla de regreso, miren con ojos de incrédulos.

Los que más sencillo lo tienen para regresar son, a priori, los originarios de los países del Este, especialmente Rumania y Bulgaria, que cuentan con una comunidad en España de más de 600.000 y 120.000 personas, respectivamente.

El pasado mes de marzo, el Ministerio de Trabajo rumano organizó unas jornadas en Castellón en las que ofrecía 10.000 empleos y así planteaba a sus compatriotas la posibilidad de regresar a su país, donde hay ya muchos puestos que cubrir. Recientemente, el ministro Paul Pacuraru estimó en unas 500.000 las plazas vacantes. En las jornadas, sin embargo, no se ofreció ningún contrato laboral, critica Gelu Vlasin, portavoz de la Federación de Asociaciones de Rumanos en España (FEDROM).

“No los había, la gente dejaba sus currículos y quedaban a la espera de que les llamasen para hacer la prueba pertinente en Rumania”, lamenta Vlasin, quien aporta dos ejemplos bastante ilustrativos: “En Castellón hay una colonia rumana de unas 50.000 personas y sólo acudieron a las jornadas 1.000; los sueldos que ofrecían eran de entre 400 y 1.000 euros, aunque, en realidad, a estos últimos sólo tenían acceso las personas más cualificadas. ¿Realmente se va a volver la gente por menos dinero de lo que cobra aquí? Lo dudo mucho”.

Alguien que decide salir de su país, que recorre miles de kilómetros en busca de una oportunidad, no se vuelve así como así. Se agarra a lo que pueda. Andrada, rumana de 29 años, llegó con su marido a San Sebastián de los Reyes (Madrid) hace cuatro años. Seguían la estela de su madre, que había tenido que dejar Rumania hacía un tiempo para poder salir del atolladero económico en el que estaba la familia.

A Andrada no le habían concedido el visado de trabajo, así que tuvo que apañárselas como pudo para viajar “un tanto ilegal” hasta España. Trabajó de dependienta en una tienda china cuando apenas sabía decir “hola” y “hasta la vista”, porque lo había aprendido con Terminator; posteriormente, se dedicó a cuidar a un niño, y ahora alterna labores domésticas en distintas casas con clases particulares. Andrada está licenciada en el equivalente al Magisterio en Rumania.

De aquel piso compartido “con algunos rumanos más” de cuando llegó ha pasado a uno en el que vive con su madre y su marido. Sus sueldos, además, les permiten ahorrar. Con un castellano cada vez más fluido, y con unas ganas de aprender todavía mayores, lo tiene muy claro: “¡Cómo me voy con todo lo que me ha costado integrarme! Crisis también la hay en mi país, y mucho peor”, se defiende.

El sociólogo y director del Observatorio Vasco de Inmigración, Xabier Aierdi, cree que España sigue basando su esquema en la sociedad industrial, y quizá sea ése el problema a la ahora de abordar la situación actual y de no tener respuestas a tantas preguntas: “Se han hecho predicciones centradas en la fábrica, en un empleo de por vida, cuando hoy lo que cuenta es que existe mayor precariedad laboral y más sitios donde trabajar, aunque seguramente con peores condiciones que antaño”.

Dejar de analizar una sociedad dinámica con esquemas estáticos es una constante en la que Aierdi lleva trabajando mucho tiempo. “La lógica del empleo es diferente de la de hace 40 años. Ahora estamos en carreras de 800 metros, de 1.000, a lo sumo de 10.000, pero para nada se corren ya maratones. El empleo no da esa imagen de identidad que sí suponía en el pasado, ahora estamos en otra fase, se quiera o no”, insiste el profesor.

¿Qué está ocurriendo entonces? ¿Por qué da la impresión de que, en cuanto ha aumentado el paro entre los inmigrantes, se ha pensado en su retorno? ¿Realmente el Gobierno, con las ayudas prometidas, está animando a la gente que no tenga trabajo a volver a su país?

“Lo que ocurre es que las políticas migratorias tienen un componente de opinión pública muy importante, y a veces ésta pesa más y distorsiona la realidad”, opina Carlos Giménez, catedrático de Antropología Social de la Universidad Autónoma. “Cuando se hace referencia a la necesidad de enfatizar el control de la inmigración clandestina, en realidad se está hablando de una minoría de otra minoría. Pero lo que llega a la gente no es tanto un mensaje de control de los flujos, sino de tranquilidad de que no se están produciendo avalanchas de inmigrantes”, añade.

La inmigración, coinciden varias de las personas consultadas, es una necesidad estructural, un fenómeno de larga duración al que se le está relacionando con uno que, en teoría, no va a durar mucho tiempo. Cuando la situación económica mejore, se seguirá necesitando mano de obra inmigrante. ¿Qué pasará entonces si ahora se fomenta el retorno?

Xabier Aierdi opina que la raíz de cualquier debate que surge hoy día es que a la hora de estudiar los procesos migratorios poca gente se da cuenta de que se está hablando de personas. “Hay quien acusa de estar sobrepasando el umbral de tolerancia, como si se tratase de fluidos, como si estuviese hablando de una política hídrica y no de personas. La ilusión de todo Gobierno es tener unos flujos migratorios controlados, pero, desgraciadamente para ellos, no son dos bidones que se nivelan y que determinan cuántos extranjeros hay que tener en cada momento”.

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